miércoles, 19 de febrero de 2014

LA RAVACHOLE. CANCIÓN POPULAR ANARQUISTA. 1893.

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LA RAVACHOLE (FRANCES): Dans la grand'ville de Paris, (bis);Il y a des bourgeois bien nourris, (bis); Il y a les miséreux,; Qui ont le ventre creux :; Ceux-là ont les dents longues,; Vive le son, (bis); Ceux-là ont les dents longues,; Vive le son; D'l'explosion !.
Refrain :
Dansons la Ravachole,; Vive le son, (bis); Dansons la Ravachole,; Vive le son D'l'explosion !; Ah ! ça ira, ça ira, ça ira,; Tous les bourgeois goûteront d'la bombe,; Ah ! ça ira, ça ira, ça ira,; Tous les bourgeois, on les saut'ra...
Il y a les magistrats vendus, (bis); II y a les financiers ventrus, (bis); II y a les argousins,; Mais pour tous ces coquins,; Il y a d'la dynamite,; Vive le son, (bis); II y a d'la dynamite,; Vive le son D'l'explosion !
Il y a les sénateurs gâteux, (bis); II y a les députés véreux, (bis); II y a les généraux,; Assassins et bourreaux,; Bouchers en uniforme,; Vive le son, (bis); Bouchers en uniforme,; Vive le son D'l'explosion !
Il y a les hôtels des richards, (bis); Tandis que les pauvres dèchards, (bis); A demi morts de froid; Et soufflant dans leurs doigts,; Refilent la comète,; Vive le son, (bis); Refilent la comète,; Vive le son D'l'explosion !
Ah ! nom de Dieu, faut en finir, (bis); Assez longtemps geindre et souffrir, (bis); Pas de guerre à moitié,; Plus de lâche pitié !; Mort à la bourgeoisie !; Vive le son, (bis); Mort à la bourgeoisie !; Vive le son D'l'explosion !

LA RAVACHOLE(CASTELLANO): En la gran ciudad de París; En la gran ciudad de París,; Hay burgueses bien alimentados; Hay burgueses bien alimentados; Hay miserables; Con el estómago vacío:; Éstos están hambrientos,; Viva el sonido, viva el sonido,; Éstos están hambrientos,; ¡Viva el sonido De la explosión!
Estribillo
Bailemos la Ravachole,; Viva el sonido, viva el sonido,; Bailemos la Ravachole,; ¡Viva el sonido De la explosión!
Ah, irá bien, irá bien, irá bien,; Todos los burgueses probarán la bomba,; ¡Ah! irá bien, irá bien, irá bien,; A todos burgueses los volaremos... ¡Los volaremos!
Hay magistrados vendidos,; Hay magistrados vendidos,; Hay financieros barrigudos,; Hay financieros barrigudos,; Hay policías.; Pero para todos estos sinvergüenzas; Hay dinamita,; Viva el sonido, viva el sonido,; Hay dinamita,; ¡Viva el sonido De la explosión!
Estribillo
Hay senadores gagás,; Hay senadores gagás,; Hay diputados corruptos,; Hay diputados corruptos,; Hay generales,; Asesinos y verdugos,; Carniceros con uniforme,; Viva el sonido, viva el sonido,; Carniceros con uniforme,; ¡Viva el sonido De la explosión!
Estribillo
Hay hoteles de ricachones,; Hay hoteles de ricachones,; Mientras que los pobres indigentes,; Mientras que los pobres indigentes,; Medio muertos de frío; Y soplándose los dedos,; Duermen a la intemperie,; Viva el sonido, viva el sonido,; Duermen a la intemperie,; ¡Viva el sonido
De la explosión!
Estribillo
¡Ah, me cago en dios, hay que acabar con todo eso!; ¡Ah, me cago en dios, hay que acabar con todo eso!; ¡Demasiado tiempo gimiendo y sufriendo!; ¡Ninguna guerra a medias!; ¡Basta de piedad cobarde!; Muerte a la burguesía,; Viva el sonido, viva el sonido,; Muerte a la burguesía,; ¡Viva el sonido De la explosión!
Estribillo

La canción política  se convertiría en un hecho casi cotidiano en la Francia del siglo XIX. Nacida al menos desde la Revolución de 1789, sería reinterpretada por los anarquistas galos como forma de expresar de forma habitual y natural sus ideas y opiniones, esquivando la censura y la ley, y llegando de forma ágil e informal a todas las capas sociales, incluso aquellas con dificultades  para leer o escribir.

La Ravachole es atribuida al escritor y filósofo anarquista francés Sébastien Faure (1858-1942), y apareció por primera vez en 1894 publicada en el semanario libertario L´Almanach Du Pere Peinard, fundado en 1889 por Emile Pouget. La canción, nacida como homenaje al anarquista Ravachol, se hizo muy popular entre la población, interpretada con sorna por niños y mayores. Musicalmente se canta con los aires de La Camargnole y Ah! Ça ira, antiguas sonatas populares surgidas durante la Revolución Francesa.

La propia figura de Ravachol, denostado por muchos libertarios y reivindicado por otros, y siempre rodeado de cierto mito y leyenda, se convertiría en un icono en sí mismo dentro de la historia popular francesa, llegando a ser utilizada años después como reinventada figura folclórica para asustar a niños cuando se portaban mal, a similitud del hombre del saco, el coco o el sacamantecas.

François Claudios Koëgnistein, más conocido como Ravachol, nacería en 1859 en Saint Chamond, localidad situada al borde de los Alpes franceses y cerca de la frontera con Suiza e Italia. Perteneciente a una familia humilde, que no sólo conoció la pobreza económica sino también cultural, ya de joven trabajó de cartonero, acordeonista en fiestas y bailes y otros pasajeros oficios, que le permitirían conocer las ideas de los obreros más radicales, mientras aprendía a leer y escribir por cuenta propia. Falsificador, contrabandista y, dicen, saqueador de tumbas, pronto comenzaría también a experimentar con otras formas de buscarse la vida harto de la injusta, cruel e improductiva vida laboral a la que se veía abocado para subsistir. En 1891 comenzaría su leyenda al hacerse conocido tras ser acusado del robo y asesinato de un viejo adinerado cuyo botín, 15.000 francos, repartiría entre las familias de otros ladrones detenidos o huidos para evitar su captura. Su imagen sería engrandecida por escritores de la época que, simpatizando con  los ideales libertarios, lo rodearían de un halo heroico y romántico cuyo símbolo sería recogido por los más desfavorecidos como reflejo de la frustración y el resentimiento social hacia la burguesía y el orden en general.

Condenado a cadena perpetua por un chivatazo que le acusó de estar detrás de una explosión en un restaurante sin ninguna aparente conexión política, sería ejecutado en la guillotina tras considerársele culpable de una serie de atentados sin ninguna víctima. Tras los sucesos de 1891 en Fournies, donde 14 personas fueron asesinadas por la policía durante la manifestación del 1 de mayo reivindicando la jornada laboral de 8 horas y la ejecución de dos anarquistas acusados de haber incitado a los disturbios protagonizados en una manifestación el mismo día en Clichy, Ravachol participaría en la colocación de sendos artefactos explosivos en la casa del juez que condenó a los dos libertarios, en la casa de los fiscales del caso y en una comisaria de París. Por estos hechos  sería condenado a la pena capital,  tras pasar un breve periodo en la vieja prisión de La Consergerie, uno de sus últimos “inquilinos” reos, por cierto.

Ravachol, delincuente u antisocial por naturaleza, sería reivindicado por aquellos que más odiaban a las clases opulentas como símbolo, sobre todo por su defensa en vida de la necesidad de evidenciar a burgueses y sus protectores de las condiciones a las que su opulencia condenaba a los más pobres mediante demostraciones extremas y enérgicas contra sus símbolos y sus propias personas. Entre las clases pudientes también supieron exprimir su fama para presentarlo como un sanguinario y terrible criminal que les permitiera, a través de su figura, denostar y desprestigiar al resto de anarquistas y sus organizaciones, intoxicación que contribuiría a la proliferación de la figura del libertario como desalmado y perverso malhechor. Muchos revolucionarios, incluso, acusarían a Ravachol de no ser un auténtico anarquista, sino más bien un delincuente habitual que había enarbolado la bandera libertaria aprovechando la masiva filiación a sus ideales entre las clases más miserables de la Francia de finales del siglo XIX. Bandido, delincuente o anarquista concienciado, Ravachol se convertiría en símbolo del enfrentamiento radical hacia una burguesía que no dudaba en defender sus privilegios a fuerza de pistola, tortura, represión y explotación, dejando de lado un origen y una condición que, a menudo, por caminos distintos, surge de las mismas condiciones sociales que empujan a quien la sufre a enfrentarse a su resignación, miseria e indignación. Ravachol representaría para muchos la sublevación contra un sistema corrupto y poderoso que mata y encarcela a quien se rebela contra él. Representa en buena medida un pronunciamiento contra la frustración, y hoy en día, como imagen casi del clásico antiheroe, continua siendo recordado con simpatía por muchos contestatarios como símbolo de su más profundo símbolo de rebelión y rebeldía, apelando a su icono  como absoluta antítesis de los valores morales y éticos imperantes. Un desafío a la “normalidad” que tantísimas veces se ha querido reivindicar también en figuras casi legendarias de piratas, bandidos, ladrones, quinquis e insurrectos.

La muerte de Ravachol, aprovechando su figura enaltecida por amigos y enemigos, sería también utilizada como forma de escarmiento, provocación e intimidación hacia todos los anarquistas en general, y muy particularmente a los numerosos libertarios que se habían decantado hacía tiempo por la acción más directa contra el poder, sus representantes y sus instituciones, sobre todo los llamados ilegalistas. Sería arrestado por un chivatazo dado por un empleado de un restaurante que aseguraría haber oído de su propia boca durante una conversación, confesar la colocación de un artefacto en otro establecimiento cercano. El mismo día que se celebraba su juicio, otra bomba estallaría en el restaurante donde trabajaba el chivato. El 9 de diciembre de 1883, otro celebre ilegalista, Auguste Vaillant, lanzaría un artefacto en la Cámara de Diputados francesa como venganza por su muerte, hiriendo a 50 personas que asistían a la sesión. Un año después era el propio Vaillant quien sería detenido y ejecutado en la guillotina. Antes de que la cuchilla sesgara su vida, sus últimas palabras fueron “Larga vida a la anarquía, mi muerte será vengada.”

Ravachol pues, es sin duda uno de los grandes “mitos” de la historia libertaria, y aquí la palabra “mito” adquiere todo su significado como sinónimo de leyenda forjada paralela a la realidad. Idolatrado u odiado, son muchos los que se dejan llevar por la imagen espectacular que literatura y el imaginario popular han dado de su figura sin conocer apenas a la verdadera persona.

Por último, y aunque sea casi de soslayo, reivindicar desde aquí ese magnífico y amplio testimonio cultural e histórico que supone la música popular y política, y particularmente la canción anarquista, que cuenta con un grandísimo repertorio ampliamente representado en la España y Francia de finales del siglo XIX y principios del XX. Orígenes también, en el caso particular de La Ravachole y muchas otras, de la llamada Chanson Anarquiste francófona de los años 50, 60 y 70, entre quienes destacarían los franceses Georges Brassens y Leo Ferré o el belga Jacques Brel.

Para saber más de los ilegalistas franceses ver el número 1 de Contrahistoria, donde existe un completo artículo al respecto y que puedes descargar en este mismo blog.

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