martes, 8 de marzo de 2016

LA HUELGA DE LOS NIÑOS DE LAS CRISTALERIAS PLANELLS. 1925.




 Fachada cristalerias Planell. 2015.

La Barcelona de la primera mitad del siglo XX se encuentra inmersa en un proceso de crecimiento acelerado, encarnado en continuos y grandiosos proyectos urbanísticos. En ella,   iglesia y burguesía catalana fomentarán crear un espacio autóctono inspirado en la grandeza parisina, encarnado en las huellas de sus oriundas expresiones artísticas, modernismo inicialmente, y noucentismo después. Frente a la construcción de la gran urbe cosmopolita surge de forma opuesta otra ciudad paralela, formada de familias obreras, que crecen proporcionalmente a la industrialización y se hacinan en condiciones miserables en barrios empobrecidos que adquirirán de forma irremediable  un marcado semblante proletario. Es en esta Barcelona, menos exótica y elitista, donde se desarrollará ese importante asociacionismo obrero, sobre todo en su aspecto sindical, que convertirá a la ciudad en uno de los grandes focos de una autoorganizacion y lucha de clase que se extiende ya por medio mundo post industrial. Dos realidades irreconciliables, protagonistas del devenir de la  gran ciudad mediterránea, cuya historia se escribirá inseparable de la conflictividad social que caracterizará a sus habitantes y  calles durante décadas.

Mientras el gran director soviético Sergeí. M. Eisenstein estrena su primer largometraje, Stacka, La huelga, preludio del afamado Acorazado Potemkin, y Mussolini ilegaliza en Italia cualquier partido político al margen del Partido Nacional Fascista, la Barcelona de 1925 vive inmersa en el periodo dictatorial impuesto en toda España por el general  Primo de Rivera. Tras el asesinato del Presidente Eduardo Dato en la Puerta de Alcalá madrileña, a manos de varios anarquistas catalanes, y con el visto bueno de Alfonso XIII, y el apoyo de iglesia, conservadores y ejército, éste implantará una dictadura,  a través del golpe de estado de septiembre de 1923, dirigida por un Directorio Militar inspirado en el gobierno italiano de Mussolini. Como antiguo Capitán General de la región de Barcelona, donde se enfrentará a catalanistas y anarquistas, representará la figura ideal donde promover mano dura contra la creciente actividad libertaria y obrera, cuyo desarrollo amenaza con poner en jaque el orden establecido a través de infinidad de huelgas, acciones y actos organizados contra patronal y gobierno. 

Mientras, promovida por el aumento de la masa obrera fruto del auge industrial, se desarrollarán  estructuras organizativas estables gestionadas por los propios trabajadores, empujados, además, de alguna forma, a unirse para enfrentarse al pistolerismo de la patronal y la represión policial que los acosa y, en muchos casos, encarcela o asesina. La huelga se convierte en el principal arma de lucha reivindicativa, inspirada en ejemplares movilizaciones como la huelga de La Canadiense de 1919. Ésta paralizaría, convertida ya en huelga general, la práctica totalidad de la industria catalana, y obligaría al gobierno a la readmisión de los obreros despedidos y la liberación de los encarcelados durante la protesta, además de, lo más importante, ratificar el decreto que establecería la jornada de ocho horas en España, primer país europeo en aplicarse de forma oficial. La creciente influencia de los anarcosindicalistas en el conflicto, a través de la Confederación Nacional de Trabajadores, CNT, nacida en 1911 (que contaría ya con 15.000 afiliados en apenas sus primeros meses de existencia, y con más de 700.000 para finales de década), convertiría a la ciudad barcelonesa y su entorno en uno de los más importantes focos anarquistas dentro del seno de la conflictividad obrera española y, con toda seguridad, internacional. Sin embargo, el colaboracionismo de la otra gran corriente sindical, UGT, con la dictadura, y la ilegalización de CNT, convertidos los libertarios en objetivo primordial de Primo de Rivera, harán caer el número de huelgas en toda la península a partir de 1923.
Durante los años de progreso industrial, cuya prosperidad no podría explicarse sin aparejarla a unas condiciones de trabajo miserables y represivas, Barcelona vería el nacimiento de prosperas fábricas asentadas alrededor de su recientemente reconstruido centro urbanístico. Estos cambios urbanísticos, representados por la construcción de la Vía Layetana y la monumentalización del centro, darán lugar a barrios obreros opuestos estética y socialmente a esa imagen idílica. La floreciente burguesía catalana encontrará en el desarrollo industrial su mayor herramienta para progresar, asentando su crecimiento en las espaldas de los obreros, condenados a llevar a cabo duros trabajos en condiciones infrahumanas, con sueldos miserables y largas jornadas de trabajo, que, además, se verán especialmente recrudecidas cuando de mujeres se trataba y, de forma más cruel si cabe, en lo relacionado con el empleo de mano de obra infantil. Uno de aquellos personajes, que representarían como nadie el cliché del futuro empresario ejemplar, sería Leopoldo Planell Porqueras, 1885-1953. Como tantos otros, y no necesariamente hijos de esa burguesía, abrazarían con ansia el espejismo de la abundancia capitalista, creando trayectorias y, a veces, dinastías, que les enriquecerían y auparían a la élite del status social. Vecino del popular barrio de Sants, hijo de una familia trabajadora, crearía la cristalería Planell, que se convertiría a la postre en una de las más importantes fábricas dentro de la emergente industria del vidrio.

Asentada en la calle Anglesada, por aquellos días principal vía del barrio de Les Corts y hoy condenada a una más que modesta existencia, la fábrica de vidrios Planell se haría popular entre el vecindario por sus conocidas prácticas laborales y su falta de escrúpulos con respecto al trabajador.  A pesar de gustar de alardear de carácter progresista entre sus vecinos, las brutales condiciones laborales impuestas por Planell incluirían, incluso, la utilización de niños de entre nueve y doce años, bajo una supuesta tutela de aprendiz, algo, por otra parte, habitual en las empresas de la época. Bajo condiciones más mezquinas incluso, si cabe,  que las del resto, los chavales se veían obligados a adecentar  y preparar los hornos y material de trabajo al menos una hora antes de la entrada del resto de trabajadores, además de ser “encarrilados” a base de frecuente golpes y maltratos, ya de por si normales en el método educacional infantil de la época. 

Así es como, en 1925, con la cristalera consolidada como una de las principales del sector, un joven aprendiz de once años, Francesc Pedrá, decidiría movilizar a sus compañeros para enfrentarse a las sistemáticas vejaciones a que eran sometidos, desencadenando una huelga que paralizaría la producción de vidrio de toda Barcelona. Durante dos semanas, los muchachos organizarían comités, enfrentándose a la policía y a sus propios padres y madres, recalcando con ello su doble objeto de explotación: por ser trabajadores y por ser niños. La huelga, apoyada desde el primer momento por la CNT, se extendería por todas las fábricas del ramo, obligando a los patronos a negociar con la chavalería rebelde palpables mejoras laborales y el pago equitativo de la hora extra diaria trabajada.
Aún anecdótico, y solapado por los grandes episodios de la lucha obrera venidos y por haber durante las primeras décadas del siglo XX en Barcelona, el episodio rebela en su seno algunos de las más importantes singularidades de la conflictividad de la época: la extensión de las movilizaciones obreras a todos los ámbitos de la sociedad, una extraordinaria conciencia de clase de una importante parte de los trabajadores  y un consecuente desarrollo de la masa obrera como fuerza real. De alguna manera, la lucha de los niños de Planell representa de forma inequívoca el ambiente reivindicativo del momento, su extensión y su importancia, representado por acontecimientos difícilmente imaginables a día de hoy.
 


De hecho, las cristalerías Planell ya habrían visto protagonizar en sus instalaciones numerosas movilizaciones, incluyendo dos plantes y tres huelgas entre junio del 17 y junio del 21, así como un intento de atentado contra el propio Planell el 22 de agosto de 1923, al recibir un disparo en plena Carrer de Riego mientras esperaba en su automóvil frente a su casa. Bala que se incrustaría en su brazo y le haría perder parte de la movilidad de por vida. En declaraciones a la policía, él mismo ubicaría el hecho en el seno de un conflicto laboral que habría llevado a sus trabajadores a mantenerse en huelga intermitente durante casi seis meses. También, pasados los años, continuarían los conflictos, incluidos algunos protagonizados por los aprendices, como el recogido por un diario en 1935: “En la fábrica Cristalerías Planell… no se presentaron ayer al trabajo setenta y cuatro aprendices, por pretender un aumento en su salario, aunque este está de acuerdo con lo establecido en los contratos de trabajo…”. Un año después la empresa es colectivizada por los revolucionarios que pasan a controlar la ciudad como respuesta al alzamiento militar que desencadenaría la Guerra Civil. Planell aceptará cobardemente convertirse en un trabajador más dentro  de la colectivización, pero recibirá con los brazos abiertos la llegada de los falangistas en 1939 que  le devolverán la dirección de su empresa, conociendo esta sus máximos años de beneficio económico en esos primeros años 40. Cristalerías Planell sería premiada con el galardón de “empresa ejemplar” por parte del franquismo, y el propio Leopoldo ascendido a jefe de la Sección Provincial del Sindicato Único en el ramo del vidrio. 

Igualmente representativo de esos años, como el propio episodio de la huelga en sí, es la figura de aquel chaval de once años que iniciaría el conflicto. Francesc Pedrá continuará involucrándose en las luchas obreras, afiliándose poco después a la CNT y convirtiéndose en Delegado General de la sección de vidrios de la sindical anarquista con tan solo quince años. También conocido como Seisdedos, participará en numerosos emblemáticos episodios de la historia revolucionaria barcelonesa, como el asalto a la cárcel de mujeres de la Ronda de Sant Antoni, liberando a las presas el mismo día de la proclamación de la IIª República, y participando en diversos espacios culturales como el Ateneo Libertario Paz y Amor de Santa Eulalia. Miembro, además, del Comité Revolucionario que proclamaría el Comunismo Libertario en Hospitalet en 1933, localidad en la que viviría prácticamente toda su vida. Y por supuesto, sería participante activo desde sus comienzos en la defensa de Barcelona contra el levantamiento nacional, así como en las posteriores colectivizaciones y en el frente, como voluntario en la Batalla del Ebro. Conocería varios campos de concentración franceses tras cruzar los Pirineos ante el avance fascista, entregado y deportado posteriormente a los nazis y reubicado en el campo de concentración de Magdeburgo. Conseguiría regresar a España con documentación falsa años después, participando hasta sus últimos días en continuas movilizaciones de distinto calado, particularmente dentro del ambiente vecinal durante la llamada Transición y otros colectivos sociales. Murió en el año 2000 en su querido Hospitalet que le acogió y que hoy lo recuerda con unos jardines llamados “de Francesc Pedrá y Lola Peñalver”, la compañera, miembro de “Mujeres Libres” en aquellos años rebeldes, con la que compartió su vida.
Muchos de los trabajadores catalanes de finales del siglo XIX, sometidos a condiciones de vida miserables, encontrarían en el abrazo a los ideales anarquistas la esperanza de un mundo mejor. Como muchos otros,  Pedrá se acercaría a los libertarios y sus métodos de lucha a través de su propio entorno familiar y las lentas lecturas en voz alta de textos anarquistas  de su padre, obrero analfabeto, autodidacta y anarquista convencido. Su propio hermano, Camil, se convertiría con los años en uno de los hombres de acción de la Federación Anarquista Ibérica, protagonizando distintos golpes y atracos, siempre por y para la causa, en palabras del propio Francesc. De hecho, un ejemplo más de coherencia y temple de acero de aquellos rebeldes, Camil moriría en Francia en la más absoluta pobreza a pesar de ofrecerle el gobierno galo una pensión vitalicia por su participación en la liberación de París de las manos del ejército  nazi. Éste la rechazaría alegando que su antinazismo no lo alineaba necesariamente con los intereses franceses y por su absoluto rechazo a aceptar nada de ningún estado. 

Fachada 2015.


Los  Pedrá son uno de esos grandes hombres y mujeres que, en las antipodas de la mitificación o la idolatría, merecen ocupar líneas más contundentes en la historia revolucionaria. Nombres y vidas, a menudo, relegadas y olvidadas incluso por quienes se sienten vinculados de alguna forma a ellas, pero con la fuerza y capacidad de expresar ideas y momentos tanto como otros episodios y apellidos más arraigados en la memoria. Tan sólo un nombre más entre miles. Tan trascendente, pero a la vez tan indispensable, como un nombre, unido como tantos otros a la revolución y a una idea.
Pero la historia, la oficial, es caprichosa, ya lo sabemos. Indulgente cuando interesa, cruel con la memoria cuando compensa y, lo más doloroso, embustera, manipuladora y tristemente amnésica cuando conviene. La Barcelona convertida en gran capital europea, motor urbanístico, económico y turístico tras aquel 1992, recuerda aún hoy, incluso entre documentos de estudio recomendados desde el propio archivo municipal, a las cristalerías Planell como uno de los grandes emblemas del desarrollo industrial barcelonés del siglo XX. Y quizás no haya mejor manera de expresarlo, el desarrollo y la riqueza forjado a través de la explotación de otros y la aparición del fascismo como aliado para recuperar el control económico se ven reflejados también en esta historia como simbólica moraleja al final del cuento. La admiración del empresariado actual hacia personajes como Planell es natural, no podría ser de otra manera, Una perfecta representación simbólica de los verdaderos cimientos del capitalismo, en general, y del auge de la burguesía catalana a lo largo del pasado siglo.
Prácticamente ningún edificio ha resistido el paso del tiempo en la vieja carrer de Anglesala. La modernización de la ciudad avanza a pasos agigantados enterrando en escombros la historia de un pueblo. Alguien ha decidido respetar la fachada y el cartel modernista de las antiguas Cristalerias Planell, no sólo como elemento artístico, sino como recuerdo de la, para muchos, emblemática y ejemplar empresa. Otros, a su paso, también recuerdan la otra parte de la historia en un empeño de que la memoria no sea también una mercancía en manos de unos pocos. 

“Los conquistadores  se adueñan de  la historia de sus conquistas, y para cubrirse más de gloria, cubren de ignorancia a los vencidos”       Éliseé Reclus (1830-1905)

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